sábado, 9 de octubre de 2010

El dia en que todo comenzó

Empecé por el final en la primera entrega de este bio-blog y antes de empezar a seguir contando mis vivencias en el colegio San José de Campillos he de aclarar que todos los hechos relatados son verídicos y autobiográficos sin embargo muchos de los nombres son ficticios.






Ese día fue el principio ¿a quién le importa la fecha? Bueno sí, a mí me importa. Era el 16 de Noviembre de 1976, ese día cumplía 11 años. Para ser un día de celebraciones, éste no era claro, estaba encapotado, hacía frio y yo tenía una sensación muy extraña en mi cuerpo, ¿Qué pintaba yo a mas de 500 kilómetros de mi casa? ¿Qué había hecho mal? Ese día empezaba algo nuevo en mi vida aunque no sabía si bueno, pero si transcendental.

El colchón estaba en el asiento de mi lado del 1430, las maletas –dos– en el maletero, entramos por la puerta y paramos frente a la secretaría. Papá me dice que le acompañe, Mamá también viene. Se rellenan los papeles a cumplimentar, se les instruye acerca de la normativa del centro. Bueno, claro, se les comenta lo que ELLOS pueden oír. No hay más. Se les habla de disciplina, del régimen de estudios del sistema de calificaciones. Pero hubieron omisiones, muchas.

Me abstraigo, están hablando los mayores, rememoro la conversación mantenida hace escasamente dos días con mi amigo Juan Gonzalo. Juan Gonzalo era hijo de un churrero del barrio de Usera. Buen chaval, tranquilo y generoso. Debía de serlo ya que arrastraba una enfermedad que le obligaba a ser como era. El sufría el estigma de la Hemofilia. De hecho, esta enfermedad combinada con la falta de información sanitaria en los 80 se lo llevó por delante, se contagió de una transfusión de plasma contaminado con SIDA. Recordaba yo como el pobre Juan Gonzalo me hacía más y más preguntas acerca del internado, yo me sentía agobiado, le contestaba lo que podía y lo que sabía de mi anterior experiencia vivida en el SEK, pero él algo había oído de Campillos. Al final la pregunta surgió ¿José es que eres retrasado mental? Noooo ¿Por qué lo dices? Es que… ¿No se llevan interna a la gente que está mal de la cabeza? Noooo hombre Nooooo….

Papá me dice que le acompañe, vamos solos, pasando un brazo por mis hombros me recuerda la conversación que mantuvimos, de hombre a hombre, hace unos días. “No dejes que ni mayores ni pequeños se acerquen a ti, ni siquiera los profesores o educadores, ya sabes a que me refiero ¿entendido?” “Siiii papá -¿A qué se refiere?- Que si Papá, que si pasa algo os lo digo. Siiii ya sé que si hace falta desembarcáis tú y Miguel aquí y apañáis a quien haga falta”. Miguel, mi hermano mayor, con 18 años y casi frisando los dos metros más valía que no viniera. Hacia meses que habia obtenido el cinturón negro de boxeo chino y por lo que había podido ver, Miguel no era un chaval amigable.

Me acompañan al dormitorio, era el 7. El dormitorio estaba compuesto por unas 5 camaretas de a 10 literas cada una en donde, al final descubrí que no se pasaba exceso de frio. Hoy reflexiono y deduzco que me alojaron ahí ya que, como era nuevo, y mis padres iban a ver en donde se me colocaba me dejaban en uno de los mejores dormitorios. Subir el colchón, Mamá me hace la cama, se sacan la ropa numerada de la maleta, la coloca con primor en el armario.

Me cubre de besos, nos deshacemos los dos en lágrimas. ¡Venga Mamá no es para tanto!, ¡Por favor, deja ya de llorar!, le cojo las mejillas, ¡Anda bonita, no te preocupes! Papá me mira retirado, impasible, creo que intentando no emocionarse, mientras abrazo a Mamá él me mira. Me mira pero no me dice nada con sus ojos. Siempre he creído saber en qué pensaba pero nunca tuve ni tiempo ni el valor de preguntárselo.

Creo que en su momento desterré el sentimiento y las sensaciones del momento de la despedida. Llevo varios días rebuscando en mi mente y encuentro un vacio grande, una laguna, un agujero. …Lo agradezco… Llegó la noche. Una fría y oscura noche. Después de una cena infame fui a mi dormitorio, conocí a mis compañeros. Descubrí la crueldad infantil. Yo era Binovato.

El concepto de Binovato se me ocurrió hace unos días al oír anécdotas en la reunión de antiguos alumnos de Campillos. Teníamos un compañero que ciertamente no era muy listo, no recuerdo su nombre pero si de su mote, BiTonto. Yo era Binovato. Era doblemente novato ya que era nuevo ese año, pero para colmo hasta los novatos eran más veteranos que yo. Esa situación se mantuvo hasta Enero en que se incorporó al colegio uno más nuevo que yo, lo cual fue un alivio.

Llegó la noche, una fría y oscura noche. Llena de ruidos extraños. Resoplidos, alguna que otra ventosidad acompañada de risas contenidas de fondo . Y oía mis silenciosos llantos. Esos que yo solo podía oír. Mis recuerdos; mis hermanos, mi gata Micky con sus ronroneos, la Calle de la Oca con sus ruidos, el Colegio Santa María del Bosque, a Raúl Chacón, a Alejandro, a mis compis de 5 años de educación. A todo lo que me habían obligado a dejar atrás. Una larga y terrible noche. La primera de las pocas noches horrorosas que he pasado en mi vida.

Dicen los sicólogos que el cerebro tiene una capacidad de supervivencia bárbara, desecha los recuerdos negativos, aquellos que nos contaminan, para dejar espacio a los pensamientos y recuerdos que nos permiten seguir. De ahí, creo, que es el origen de la evolución de nuestra especie.


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2 comentarios:

RAFA RIOBOO dijo...

Eres cojonudo escribiendo ,sigue haciendonos pasar tan buenos ratos leyendote

José Luis Aragón dijo...

Gracias Rafa.

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